Las décadas de la decadencia

Cada década tiene una característica que la distingue, la dualidad formal-psicodélica de los 60s, la represión social de los 70s seguida por la libertad absoluta de los 80s, y así… Cada década agrupa una colección de actos, ideologías y demás que conforman el aspecto social-cultural de cada una. Sin embargo, las décadas del 2000 y el 2010 guardan un escalofriante parecido: la falta de profundidad.

Mientras que decenas de filósofos griegos se revuelcan en sus tumbas al ver una sociedad llena de personas vacías y superficiales, la humanidad avanza a pasos agigantados en cuestión de tecnología y ciencia, misma que nos ha permitido tener acceso a dispositivos con los cuales podemos vivir la ilusión de gozar de una buena memoria, de estar en contacto con nuestra gente en todo momento, de saberlo todo sin saberlo nada y demás.

Esta tecnología era en teoría ontológica. Aquellos que desarrollamos tecnología durante la década de los 90s sabemos que la idea era crear tecnología que liberara a las personas de las tareas mundanas para poder permitirle hacer cosas más importantes, como gozar a la familia, disfrutar de un lindo atardecer, meditar y reflexionar, y demás acciones que se han perdido en la década del 2000 en pos de una vida inflada por el hiperconsumismo.

…y es que podríamos culpar a la industria publicitaria por tanta tropelía, creando mundos ficticios, divertidos, llenos de satisfacción y hedonismo, los cuales se alcanzan a través de la compra y uso de productos comerciales que se venden hasta en la más pequeña de las tiendas. Este bombardeo publicitario que comenzó su vorágine en los 50s ha creado una ilusión en sus víctimas.

Cabe mencionar que la publicidad es la nueva religión, la televisión es el nuevo templo y los anunciantes sus sagrados sacerdotes. Millones de personas la observan, embrutecidos por el ronrroneo hipnótico a 60 Hz y 120 Hz que emiten las pantallas de estos aparatos, y aún más embobados con las ilusiones presentadas en los comerciales.

La publicidad es una industria que no tiene fines humanitarios. Son muy pocas las campañas sociales, y aunque esto tiende a volverse una tendencia, al final lo único que importa es vender más. Las empresas siguen teniendo la necesidad de distinguirse de sus competidores, pero este hiperconsumo publicitario coloca en desventaja a mejores proveedores con mejores costos por no contar con una campaña publicitaria masiva.

El resultado es obvio… son solo cientos de empresas (de las millones que seguramente existen en todo el mundo) las que han logrado colarse hasta lo más profundo de la psique de la audiencia, y el resto de las empresas siguen batallando por vender un poco para subsistir.

Habrá quien argumente que eso es justamente el capitalismo: la libre competencia. Pero, seamos honestos, ¿cómo se compite en una sociedad regida por el televisor? No importa que tanto esfuerzo haga una panadería local si tiene que competir con Bimbo, quien tiene uno de los sistemas de distribución mejor establecidos de México, la panadería siempre venderá menos que aquellos productos anunciados por televisión.

…pero ese no es el problema principal, lo es la falta de valores. Siguiendo la misma línea instituida por la televisión, sus contenidos están llenos de cliches y estereotipos que hacen alarde de la humillación al ser ajeno, y es que el poder nunca pasará de moda.

Analizemos un momento cualquier programa actuado de la barra infantil: todos los personajes hablan con un acento irreal, falso y arrogante, todos parecen ser felices y se enfrentan a problemas francamente estúpidos, y al final todo se resuelve solo y de la mejor manera. ¿Acaso es así la vida? A mi me pareciera que no, pues he aprendido que la vida es de aquellos que están en movimiento constante con una dirección determinada, de hecho, el movimiento es el lebengeist, el espíritu de la vida.

Sin embargo los chicos crecen con la idea de que la vida es así, y pretenden moldearla al más puro estilo posmodernista: olvidando por completo la racionalidad y dedicándose solamente al hedonismo más puro, o al sufrimiento más absurdo llorando por cosas que no pueden cambiarse. Esto representa un gran problema, pues estamos creando generación tras generación de seres incapaces de pensar por sí mismos y que solo obedecen al televisor o al internet.

Esto es un problema, porque comenzaron a salir las generaciones de nuevos trabajadores que están acostumbrados a ver en TV a un grupo de chiquillos montar un complejo programa de TV, o dar un concierto, o producir un festival. Aparentemente todo es sencillo, y aparentemente todo lo que hicimos antes como sociedad quedó obsoleto bajo la etiqueta de lo “práctico”.

En un internet plagado de tutoriales para hacer practicamente cualquier cosa, los nuevos empleados, emprendedores y creadores se regocijan en encontrar tanto conocimiento de manera abierta, sin embargo pocos se detienen a analizar a fondo como funcionan las cosas. Ahora tenemos “creadores” que creen estar “creando” solamente por copiar el contenido de un tutorial de Internet, pero que carecen del fondo y la substancia necesaria para emprenden cualquier proyecto.

Y es que el mundo se está haciendo superficial. La verdadera decadencia radica en la imposibilidad de razonar el porque de las cosas y comprender con profundidad, no solo lo que se hace, sinó los resultados que se buscan. Pareciera que basta decir que uno es tal o cual profesión para ser considerado como tal, aún pese a los atroces resultados que estas personas puedan ofrecer.

Durante los 90s existió un desarrollo tecnológico impresionante, en donde se aprendió a hacer las cosas adecuadamente siguiendo una metodología de trabajo generada a partir de las mejores prácticas (concepto ya obsoleto, al parecer), buscando como realizar proyectos que no solo tuvieran una finalidad ontológica o de optimización, sinó además buscando domar desde abajo la tecnología para poder comprender a fondo lo que se hace.

En la década del 2010 estos parecen ser conceptos caducos, el dominar la tecnología, el crear proyectos ontológicos, y más bien parece que los creadores se concentran en realizar cosas que puedan venderse, pues es más importante obtener dinero que atender a la sociedad.

…y es que el que tiene dinero, se puede escapar de la sociedad facilmente. Una persona con dinero no tiene porque caminar por calles llenas de baches, incluso en las aceras, o soportar malos olores y apretujones en el transporte público, pues al tener recursos económicos se puede uno hacer de un auto, una casa en una residencial privada y demás. Pareciera que el objetivo común es destacarse por la cantidad de dinero que se tiene, y no por lo que se hace.

Esto pareciera razonable para una persona común, pues pensaría que al tener dinero, todos sus problemas estarán resueltos, pero no cuenta con el hecho de que un cambio en cualquier condición de vida genera problemas nuevos, además que la ilusión del dinero puede ser engañosa… tener dinero cuesta, por eso los millonarios se empeñan en seguir haciendo más riquezas.

La gente hace todo por dinero, incluso hacerse pasar por estudioso de alguna materia requerida para un empleo, que para nada conoce y mucho menos domina, pero la necesidad de contar con un ingreso hace que la gente mienta con tal de lograrlo. Ahí es donde comienza el rompimiento de los valores, y llega a tal grado que la gente es capaz de mentir, humillar y hasta lastimar o asesinar a otra con tal de lograr sus objetivos.

Esto hace pensar en la posibilidad de una deevolución – una evolución inversa – en la raza humana, enfocados nuevamente en sus “piedras brillantes” y dejando fuera el goce de la razón y la inteligencia. Estamos regresando al brillo del oro, en lugar de idolatrar el conocimiento, la sabiduria y la experiencia.

El gesto de crear se vuelve tan solo una réplica, sin ningún fundamento propio del autor que lo soporte, más que posiblemente la ilusión de creer que ha hecho algo, que ha creado algo, incluso que ha innovado.

Aún cuando dentro del arte la relación subjetiva entre la pieza y la audiencia juega un papel fundamental para su correcta apreciación emotiva, la idea posmodernista de valorar la relación que se tiene con los objetos a diferencia de valorar el alma de los mismos, como lo propondría un animista, por ejemplo, se vuelve solamente una cuestión de uso y desuso, en el cual un objeto es valioso no por su valor sígnico per se, sinó por la utilidad que proporciona. ¿Qué pasa con todos esos bellísimos objetos creados en los años 50 y hechos para durar toda una vida? Hoy en día se valora lo práctico, y si es desechable no importa.

Lo mismo ocurre con todo tipo de proyectos creados actualmente, desde obras de arte tan vácuas como un carro de supermercado lleno -literal- de basura, hasta aquellas complejas aplicaciones informáticas creadas por una legión de programadores para satisfacer la línea de demanda de un supermercado. Poco de lo que se está creando es realmente ontológico, y todo existe para generar más ventas.

La superficialidad con la que se tratan los proyectos hoy en día es atemorizante, pues es indicativa de que existe una necesidad del ego por ser reconocidos y satisfacer también una necesidad económica para poder distanciarse de los jodidos. Esto contribuye de manera burda a una brecha social en la cual el aspiracionalismo parece ser eje central de la sociedad, generando una plétora de inútiles creaciones carentes de fundamentos.

Si bien, no es lo mismo que el mundo de las formas perfectas del que hablaba Platón, si existe un plano en el cual toda creación adquiere base y fundamento para sustentar un proceso creativo. Este plano está lleno de creatividad y de fondo, y a él se accesa solo a través del estudio profundo de lo que se está creando, además de adquirir conocimientos básicos con los que debe contar un creador, como lo son las matemáticas, la lógica, la física, la mecánica, etc.

Cuando una persona cuenta con un conocimiento profundo y al menos 6,000 horas poniéndolos en práctica, es cuando verdaderamente se domina la materia y la técnica, y la creación se vuelve goce puro, pues se tiene el lenguaje técnico para desarrollar un proyecto, sea el que sea, y es entonces cuando – más allá de la reputación y el dinero generados – se obtiene la satisfacción de haber realizado un estupendo trabajo.

Estamos a mitad de la segunda década del siglo 21, y no hemos sido capaces de sustentar el crecimiento intelectual que habíamos logrado hasta la década de los 80s, mucho peor, hemos logrado destrozarlo y ponerle poca atención, poca importancia; la norma se reduce, se baja, y por ende cualquiera la cruza sin importar si se desempeña bien o no, pues además de la decadencia provocada por el acceso a la tecnología, aún tenemos que lidiar con problemas laboral-sociales como el nepotismo y el amiguismo, entre muchas otras cosas que dejan de lado el mérito del ser humano.

Como tal, todas las personas tenemos un espíritu de creación muy elevado, tanto, que es lo que más nos acerca a la divinidad. La creación es más poderosa que la oración en muchos aspectos, pues conlleva a un resultado inmediato del esfuerzo natural de la creación. Como seres humanos tenemos la obligación de crear algo alguna vez en nuestras vidas, pues esto conlleva a la sensación de ser dioses, de replicar el acto que se menciona en tantas culturas sobre un dios creando un mundo.

Para ser seres integrales necesitamos cubrir la necesidad de creación, de lo que sea, pero que provenga como resultado de la profundidad y no de la vanidad, pues esta pequeña diferencia puede provocar que un mundo entero colapse por la necesidad del ego, en lugar de atender a la sociedad y las necesidades de la raza humana y los demás miles de millones de especies que existen tan solo en la tierra, y los ecosistemas.

Procuremos crear a partir del fondo y no de la forma, pues solo de esta manera se vuelve uno capaz de completarse como individuo, y tal vez esta sea una burda razón por la cual muchas personas deciden tener hijos, pero eso es solo un acto de reproducción que solo generará angustia y dolor, y en definitiva es preferible evitarlo; para cubrir esa necesidad de verdad hay que crear algo, con la mente, con las manos, con la inteligencia, con la necesidad de otros o la propia presente como primer plano – de preferencia, como tal, tomarnos el tiempo de volvernos seres divinos a través de la creación.

Hay que crear, no replicar. Hagamos uso de la razón y de la inteligencia, involucremos el corazón y dejemos de lado necedades que obeden a satisfacer los caprichos de otros. El verdadero creador hace lo que su corazón le pide.

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